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VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA
Comenzamos a rodear la montaña y, cuando la tromba cayó sobre ella, afortunadamente ya habíamos pasado a la otra vertiente.
Por fin, a las once de la noche, en plena oscuridad, llegamos a la cumbre del Sneffels. Antes de refugiarnos en el interior del cráter, pude ver el sol de medianoche, que proyectaba sus pálidos rayos sobre la isla dormida a mis pies.
Dimos cuenta de la cena rápidamente y nos instalamos lo mejor que pudimos. La cama era dura y las condiciones poco acogedoras, pero logré dormir de un tirón y ni siquiera soñé.
Al día siguiente nos despertó un sol espléndido. Desde la cima se dominaba la mayor parte de la isla. Veía los valles, los lagos y los precipicios diminutos abajo, a mis pies. A la derecha, glaciares y picos humeantes, y al oeste, Groenlandia en medio de la bruma. Estaba extasiado en estas contemplaciones cuando mi tío preguntó a Hans por el nombre del pico en el que nos encontrábamos.
—Scartaris —respondió.
Mi tío me lanzó una mirada triunfante y exclamó:
—¡Al cráter!
El cráter del Sneffels era como un cono invertido de media legua de diámetro. Debía de tener unos dos mil pies de profundidad. Aquello era como bajar a un trabuco cargado que podía dispararse en cualquier momento, pero ya no había vuelta atrás.
Hans dirigió la bajada dando rodeos al cono para facilitar el descenso. Había que caminar sobre rocas sueltas que se precipitaban a cada paso al fondo del abismo, levantando un eco extraño. A pesar de todo, el camino se hizo sin incidentes, salvo la caída de un fardo de cuerdas que se le escapó a uno de los islandeses y fue a parar al fondo del cráter.
A mediodía habíamos llegado. Arriba se veía la circunferencia del cono recortada en el cielo. Solo en un punto se destacaba el pico del Scartaris sobre la inmensidad. Al fondo del cráter se abrían tres chimeneas por las que, en épocas de erupciones, el volcán expulsaba sus lavas y vapores. Cada una de aquellas chimeneas tenía cien metros de diámetro. Yo ni siquiera me atrevía a mirarlas, pero el profesor Lidenbrock hizo un rápido examen de ellas y, de repente, dio un grito:
—¡Axel, Axel! ¡Ven, ven!
Yo acudí. Ni Hans ni los islandeses se movieron.
—Mira —dijo el profesor.
Y compartiendo su estupefacción, aunque no su alegría, leí en la piedra, escrito en rúnico, ese nombre mil veces maldito.
—¡Arne Saknussemm! —exclamó mi tío—. ¿Dudarás todavía?
Me senté en el suelo, desconcertado. Perdí la noción del tiempo con el vuelo de mis pensamientos y, cuando volví a la realidad, Hans y mi tío estaban en el fondo del cráter. Los islandeses ya volvían de regreso.
Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra. Anaya.